12/05/2010

Respuestas Impruentes



Simón Ortiz Pinilla

El paraíso es una suerte de biblioteca, decía Borges cuando quería vislumbrar a la vida vivida. La biblioteca ideal debe ser anarquista a la hora de permitir el tránsito de libros por sus brazos, por lo que debe contener y haber contenido, con los libros inolvidables, libros de mala recordación; debe ser mutable, al igual que nuestras vidas. Como se ve, el paraíso contiene al infierno; como el sueño contiene al incubus, a la yegua de la noche (the nightmare); la pesadilla. ¿No están pues, el paraíso y el infierno acá en la tierra? No pasa un solo día en que no estemos, por unos momentos, en ambos lugares. ¿No es una suerte contar con la vida finita, alimentándose constantemente de lo inexacto, infinito y opuesto? Es sorprendente que un sueño, pueda ser una muerte infinita y agradable en tan corto espacio de tiempo, solo gracias a que no hemos sido visitados por la yegua de la noche. Es alada y sagrada como la poesía; la calma que sentimos cuando, luego de asistirnos y asustarnos, la pesadilla se marcha.





Platón, en sus diálogos, imagina a Sócrates en los momentos previos a su ejecución. Lo imagina recién liberado de las cadenas que lo tenían preso, pero no libre del camino de la cicuta. Sócrates, nos cuenta Platón, pronunció las siguientes palabras antes de beber el veneno: Qué raro. Las cadenas me pesaban, era una forma de dolor. Ahora siento alivio porque me las han sacado. El placer y el dolor van juntos, son gemelos…


Un pensamiento que por un tiempo me ha rondado, es el de cómo el ser social privilegiado (en términos de calidad de vida) tiende a olvidarse de su opuesto, el marginado, el hombre sin nombre, sin el cual no podría ser lo que es bajo el modelo económico que hoy rige; además del hecho ruin, de que cada uno se crea con el derecho o quizá el deber (sin distinción de clases), de decirle al otro que debe y que no debe vivir. Que poco vivificante seria una realidad donde no tuviéramos la posibilidad de conocer el mal, pues de entrada se habría tomado por nosotros la decisión ética de qué camino seguir.


Sin embargo, cuestiones tan miserables no pretendo resolver hoy. Lo que me interesa, son las aguas del lenguaje en el que estas clases (las sociales) nadan y se hunden; el significado de las palabras de ese rio que quien sabe puesto por quien, es incapaz de articular completamente nuestro contorno, pero que al igual que el paraíso y el infierno, cobra solo sentido con las divisiones y diferenciaciones; las palabras que denotan grandeza y nobleza y las que no.

En Colombia, la palabra paz, es casi tan usada como la palabra hijueputa. Sin embargo, eso no debe ser una causa de cínica y moralista preocupación. W. Benjamin, pensaba que la reproductibilidad de la obra de arte, provocaba la desaparición de su esencia. ¿No pasara lo mismo con las palabras? Ciertamente podrían contar con la calidad de obra divina, sumado al hecho de que su significado puede ser vaciado y vuelto a llenar voluntaria o involuntariamente. Así vemos cómo, aquella famosa imagen tomada por Alberto Korda, es ahora una vana imagen que se vende en los aeropuertos de Atlanta y Nueva York, al mismo tiempo que está plasmada en la pared del ministerio del interior del régimen cubano, acuñando la frase “hasta la victoria siempre””. Vaya que han triunfado;  otorgando lo que nos dicen, es el verdadero significado de un dibujo que en realidad ya no tiene esencia; un símbolo cuya fuerza se diluyo en el tiempo.

Pensando en la palabra paz, y teniendo en cuenta que muchas veces se utiliza para destacar una utopía, rememoro como ha sido utilizada por todos los malos gobiernos, sin excepción alguna, para ilusionar al populacho con el sueño irrealizable (imposible por falta de intención), mientras ellos, los salvadores, se ocupan de ganar buenos dinerillos. Así, pasan su vida jugando  en las plazas públicas y afirmando que: no habrá paz sino cuando cese la violencia guerrillera, olvidándose que esos truhanes iletrados no son los únicos que están disparando balas en este país, y además, que las balas no son la única expresión de la violencia. Están los del otro lado, y así sucesivamente en esta sociedad y su relatividad de pacotilla; cada uno sin darse cuenta, que la guerra no ha sido provocada  porque los otros carezcan de valores y de ética, sino que es uno mismo quien los ha perdido, o nunca los ha tenido.

Palabras en la misma situación de la paz hay en demasía. El caso de los universales como democracia y terrorismo, que han sido peor prostituidas, solo nos demuestra que quien tenga la capacidad de otorgar un significado, es quien tendrá la posibilidad de ostentar el poder… no sé porque se me viene a la cabeza el recuerdo  de como el  expatrón de este país jugaba con dichos términos, mientras toda la maza bruta lo seguía como las ratas al son de la flauta; rumbo al despeñadero.

En la Montaña Mágica, el joven Hans Castorp trae a colación, para una charla con un compañero del sanatorio, el cuento de un hombre que fue castigado de modo que al hablar, le brotaban víboras y sapos por la boca por cada palabra que decía;  quizá, porque cada palabra tomaba la forma de su consecuencia práctica. Lo importante no es lo que se diga y se prometa, lo importante es lo que se quiera y se haga.
En unos versos de autor anónimo, se puede ver como las palabras son percibidas con un gran poder de invocación; la canción se refiere a Aquiles, a sus alados tobillos y a su espada, que nombrada, acude con violencia: Hay un áspero metal/ Que en el lomo de Héctor entra/Yo no lo nombro más cuando/Quiero que a mi casa venga. ¿Por qué solo son percibidas como inminentes nuestras desgracias, si en realidad no es que estén por venir sino que llegaron hace tiempo?

Si nos hiciéramos la pregunta, acá en Colombia, de si somos una nación en paz o no;  la respuesta no sería muy afortunada. No porque no lo seamos (aunque de entrada se sabe que no lo somos), sino porque la pregunta en sí es inservible, y  las respuestas son siempre frívolas y desconsideradas.

Cuando se redirige la cuestión, a una pregunta más acertada como la de ¿Qué es lo que significa ser una nación en paz? Las respuestas se complican y el asunto (que todos decimos nos importa) es por fin tomado enserio, en cuanto adquiere un peso  como el de aquella tediosa piedra que Sísifo se veía obligada a cargar. Retomemos las cuestiones importantes, que no hay preguntas imprudentes, sino solo respuestas imprudentes; y estas debemos afrontarlas.

Ojala fuera tan fácil conjurar la paz como a la espada de Aquiles, pero mientras somos capaces, podríamos dejar de ser tan malfechores hideputas, como lo seriamos de seguro a los ojos del viejo Alonso Quijano. El ser humano esta aventajado en el camino y aun así, no toma conciencia de ello; tenemos de entrada el amor y a la consolatione de la literatura…

Bogotá, noviembre de 2010


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