3/28/2011

Álvaro Daza o la energía de la creación



prólogo para el libro de retrospectiva del artista Álvaro Daza,

Ricardo Sanín Restrepo




Camilo José Cela dijo de Álvaro Daza que era “el sutil encanto del color” creo que hay una inmensa equivocación en este testimonio que pro-viene más de un defecto inherente a la visión occidental del arte, que del elogio merecido que encierra. El mundo occidental agoniza por cuenta de un exceso de verdad, naufraga en la arrogancia de una objetividad omnipo-tente y fría que intentó determinar el corazón humano como un arquetipo, como una ecuación, que suspendió la emoción y la convirtió en razón, que desterró la imaginación para volverla discurso y disfrazó sus tótems y le-yendas en la forma de una narrativa violenta y compacta que pretende dar cohesión a un mundo desterrado de sí mismo. El romanticismo europeo se ha vuelto melancolía y la trasgresión de su arte se ha vuelto una caricatura de sí misma, complaciente y ultrajantemente codiciosa. La embriaguez creativa de los Dalí, Rothko, Lempicka y su linaje se convirtió, con el tiempo, en una anestesia grupal y refractaria, una experiencia pública pero apolítica, masiva pero no comunitaria. Rimbaud, con hastío, lo descubrió hace siglo y medio, muy bien sabía que en ese Occidente caduco no había nada más que decir, solo esto: el arte Occidental ha muerto.  





— Reseña en Scribd 



La luz que alumbra a occidente se corta con un silogismo, se reduce a un plano raso y austero, es seca y cuadriculada, agotada en la visión de un humano circular y objetivo,  hace que el tiempo sea lineal y necesita una y solo una leyenda, un solo discurso, una sola línea narrativa. La luz nuestra es espesa, deslumbrante, múltiple, inagotable, incluso sus claroscuros son coloridos, esta luz necesita un tejido, un enjambre de cuentos, de historias, de nudos, de leyendas fantásticas, de realidades que se despliegan en todas la direcciones, ellas se cruzan, se mezclan, se refractan y se estiran en los espíritus colectivos, en las indomables fuerzas de creación de mundos y resistencias. Aquí, la luz no aturde, no duele, no desentona con los planos cartesianos de los catálogos de arte que parecen ser hechos en la bolsa de valores de Nueva York. Álvaro Daza está bautizado por esta luz que antes que ser límite y circunstancia de la creatividad es su llamado, su intimidad más poderosa. ¿Influencias en su obra? Debe haber muchas, la mayoría de ellas invisibles, pero su verdadera influencia es la luz, la exuberancia de colores inverosímiles y a la vez familiares, domésticos, salidos del corazón más humano y puestos ahí por una mano sublime e indescifrable. La obra de Daza en una danza erótica, voluptuosa, llena de misterios en la misma medida que está toda expuesta, toda visible sin velos, sin laberintos. De poseer la osadía de definir el lugar de la obra de arte de Daza tendríamos que poner gran parte de ella como creadora de dicha luz.


Si en sus Sueños,  Akira Kurosawa se hubiese internado en un paisaje de Álvaro Daza necesitaría de otro sueño catártico para recuperar el sentido y poder soñar dentro del sueño que cree soñar, para inventarse un nuevo lenguaje cinematográfico que pudiese capturar la riqueza y abundancia de ese nuevo espacio que habita, que lo satura, pero especialmente que lo incluye como humano, sin la distancia arrogante que define al espectador, sino con la generosidad de una invitación a compartir y a ser en la fiesta inagotable de la obra. Primero entraría en una especie de paroxismo, donde nada de lo que sabíamos del mundo tiene sentido, una realidad primordial desarraigada, como para Hegel el comienzo de la imaginación, allí un grito en el vacío, allá formas quebradas, espacios descentrados, colores reinventados de la aparente nada. Kurosawa encontraría en el paisaje de Daza un contacto abismal con las posibilidades de nuestra percepción y de nuestra capacidad de otorgarle sentido a las realidades que cortan y atraviesan nuestro sentido común hiriéndolo y devolviéndolo a un estado infantil. Una novedad en los colores que desafían su propio contexto y lo transforman en un contexto creado de sí mismo, dependiente de la obra. Un encuentro mítico con la obra de arte transformada por Daza en una fiesta orgiástica descomunal, irrepetible, un baile extravagante y a la vez trascendental como el de los sufís, pero que al mismo tiempo que nos eleva y nos lleva al éxtasis de los sentidos nos devuelve lo más íntimo de estar en común, de ser y compartir en el arte, la última trinchera y barrera ante la horrible y atiborrada realidad.



En su encuentro con el artista, Kurosawa no se toparía con un animal feroz herido por el tiempo, que siente deslizar entre sus manos el equilibrio de realidad y cordura, y que debe apurarse, a cada aliento, a cada trazo para crear un universo que detenga el embate de la muerte, que venza la bestia burlona en su propio terreno: la vida. No se encontraría con un genio fatigado de encarnar muy bien una pesada tradición que necesita fracturar en sus bases más elementales. Se encontraría con un hombre cuya cotidianeidad no es separable de su obra, y que sin embargo como ser social es pausado, agudo, bondadoso, burlón y profundamente amistoso pero como artista es agitado, veloz, intenso, prodigioso, arrobador y profundamente entregado a su arte, a su creación, donde él mismo parece una simple herramienta de algo más elevado, de algo más allá de sus vivencias y su mortalidad. Álvaro ha alcanzado el reposo, la paciencia y la meticulosidad que solo son posibles cuando la inspiración y la creatividad son el resultado de algo que esta esencialmente por fuera de uno mismo, de modo que ser uno mismo es saberse el instrumento de la obra de arte. Son estos los insumos que crean un artista único como Álvaro, un artista que vive en constante celebración de la vida y cuyo cada acto es una invitación a ella, no a una fiesta glotona y superficial, no hay nada de complaciente en la obra de Daza, nada que ignore lo perplejo de la vida y sus miserias, no hay desperdicio alguno y la justa medida es solamente otro método para inflamar la vida, para erizar cada una de sus pulsaciones, una ruta para llevarnos a un encuentro sublime con sus paisajes, con sus trazos iniciados en un sueño y completados en nuestro espíritu e individualidad. Daza y su obra son un derroche de vida, un festival constante de energía sin contención ni medida, es vigor, creatividad incontenible.

Kurosawa no se encontraría con Daza en un amasijo de colores, sino en la paleta, en los perfumes de bases cromáticas que serán transformados en universos completamente nuevos y originales, allí emprenderían el viaje misterioso juntos, en éxtasis, en el sacramento de la creación misma hecha virtud, hecha generosidad y apertura. En otras palabras, el visitante no sería un convidado silencioso sino una parte de la fiesta, un elemento vital y necesario para comenzar la celebración, un magnífico evento que en su elaboración puede ser íntimo, pero que invita a todos a gozar con el solo hecho de estar ante su vida que no cesa de darnos vida. Por ello lo primero que Kurosawa percibe en Álvaro es una devoción religiosa por su trabajo, una actitud casi obsesiva con la perfección de sus posibilidades técnicas, donde el refinamiento procesal es simplemente un ingrediente casi secundario, pues desaparece tras le belleza de la obra terminada. En otras palabras, la erudición técnica de Daza, su comprensión y manejo ultra especializado de los colores y las formas, la química esotérica de sus materiales, desaparecen, se hacen imperceptibles gracias a la magia y grandeza de su obra terminada. Así, como en el cine de un Kurosawa, mortalmente perfeccionista y dedicado al detalle, casi enceguecido con su estilo, la obra eclipsa cada uno de esos aspectos que quedan ya como simples anécdotas de una vida perecedera y como núcleo constructivo de una obra inmortal. De manera que el verdadero artista, como Daza, es el que sabe hacer invisible su técnica en la obra.

 No alcanzo a imaginarme una pintura de Daza colgada en una solemne sala de un museo donde todo es quietud y ceremonial fetichista,  no la alcanzo a captar allí colgada, como embalsamada, atacada por críticos amanerados y especuladores que vuelven la tinta en navajas venenosas; el espacio que ocupe la obra de Daza tiene que ser un lugar donde las personas se trencen en la vida misma, donde se coma, se brinde, se ame, se baile, donde se fracase y se triunfe en el más desesperado intento de vivir. Daza es la naturaleza pero no su reproducción, desafía la naturaleza siendo a la vez su mayor alabanza, desafía la geometría siendo su más minucioso especialista. 

Existe una distancia enorme entre la obra de arte y la crítica del arte, desde que se anuncia la emancipación de las formas artísticas del rigor racional tradicionalmente occidental, las preocupaciones centrales de la crítica que han mortificado y desarraigado a seres tan sublimes como Baudelaire, Proust, Stendhal y Wilde, hasta llegar a las encrucijadas apocalípticas de Adorno, Heidegger y Gadamer se pueden narrar como un cortejo de angustias primordiales: ¿cuál es la distancia que separa la obra del crítico? ¿Es toda crítica una forma de confesión de la insuficiencia de las palabras de capturar las artes plásticas?  ¿Existe algo en la obra tal como un marco de referencia ontológica que exija algún tipo de fidelidad del crítico, que le defina un mundo de posibilidades y combinaciones? ¿Es la crítica una forma autónoma y separada de aspirar al arte? En nuestra época de cosificación y mercantilización del arte ¿cómo puede la crítica evitar convertirse en un codicioso vendedor de telas, prestigios y colores? ¿Puede el crítico aspirar a algo más que ser un fantasma que rodea la obra, que muerde sus bordes pero es incapaz “físicamente” de penetrarla? Es más ¿no es la formulación de todas estas preguntas desesperadas y enrarecidas una forma de empobrecer las artes plásticas? ¿No se trata de una forma de negación profunda de lo múltiple y lo complejo y un intento desesperado por reducir las probabilidades de un mundo irrefrenable, que se niega a reducirse a fórmulas y protocolos? Muchas veces la posición del crítico ante la obra resulta igual a la del creyente ante lo insondable de su fe, la de la racionalidad ante lo inconmensurable de una vida descosida en sí misma, sin fronteras ni puntos finales. ¿Es lo bello posible? ¿Cuáles son sus presupuestos? ¿Existe algo semejante a una epistemología de la creación artística?


En las formas escritas la palabra y únicamente la palabra inaugura la idea, allí está su límite y toda su posibilidad. En las artes plásticas, la idea es tan solo un retazo, un sonido que revolotea e inquieta, una marca sin huella que se evapora cuando se estira el lienzo, cuando el pincel la penetra y el espacio se dilata. Es decir, las artes plásticas tienen implícita la posibilidad de crear sus propios marcos y modelos por fuera de toda idea, de todo concepto, por eso para escritores como Peter Osborne el arte moderno debe ser post-conceptual y ha de trascender la estética. El arte debe estar en permanente huída de las ideas que amenazan con uniformarle, con clasificarle. En este sentido la obra de Daza tiene un patrón, los bosques por ejemplo son un tema reiterativo, pero sus vínculos son inconmensurables, nos eluden, congregan ideas comunes que vistas en perspectiva evaden la pregunta por la “idea”, pues poseen una definida simplicidad en la forma y una inmensa complejidad en la composición. Son a la vez el truco puntillista que de lejos nos hace ver una obra unitaria y consistente pero al acercarse su complejidad parece cuántica, mezclado con una especie de surrealismo mágico que nos obliga a separar, en nuestra imaginación, los hilos de colores que se unen sin tocarse para crear una fracción que puede extraerse y en sí ser una obra completa, Daza juega a voluntad con nuestra capacidad de armar paisajes e ideas dentro de sus cuadros, nos exige al máximo nuestra propia capacidad compositiva. Ahora bien, quien quiera solamente quedarse con una visión “total” y unitaria de la obra se verá más que bien recompensado, pero seguramente nadie podrá evitar poner en juego los complejos mecanismos perceptivos y sensuales que Álvaro desata en cada una de sus texturas físicas y sus juegos surreales que rozan la metafísica. Es aquí donde la obra de Daza se convierte en un espacio inmenso de reflexión filosófica, donde el escritor sabe que comienza vencido, que nunca alcanzará a detener, a disecar la obra pero que sin embargo se hace absolutamente necesario irse de frente ante una presa esquiva e inalcanzable, solo artistas como Daza pueden hacer que el filósofo comience a crear como un artista, sabiendo que siempre se está en carencia, en desventaja, que su objeto es demasiado portentoso para ser analizado y por tanto solo puede ser compartido, vivido y por lo tanto la crítica puede volverse, con algo de esmero en una obra digna de ser considerada.

Comencé a escribir esta pequeña reseña creyendo que tenía una inmensa ventaja que evitaría que cayera en el foso envenenado de la crítica del arte, el hecho de ser un simple espectador de la obra de Álvaro Daza, es decir el hecho que ignorase el proceso técnico creativo de este artista, creía que esto me daría la posibilidad de apreciarlo sin ningún tipo de lastre filosófico que muchas veces hace de la crítica del arte un espeso muro que erosiona la obra y la oscurece por completo, convirtiendo la crítica en una especie menor de filosofía, un lacayo de la obra de arte que inevitablemente la adultera. Creía poder poner en práctica la enseñanza de Bretón según la cual el arte es experiencia y no objeto, presentarme desnudo ante la obra, dejarme poseer por ella, sin párpados, sin aparato alguno.

Sin embargo, Álvaro me puso en el corazón de este problema: Cuando el arte perdió su universalidad dictatorial, su unidimensionalidad mimética, cuando la perspectiva central quedó expuesta en su fragilidad y su lugar de prisión expresiva y compositiva quedó en evidencia, desvanecida tras meras palabras,  sin modelo ni arquetipo, sin inspiración suprema, sin aspiraciones violentas a la perpetuidad y la palabra “belleza” perdió todo índice de realidad y se descubrió tras su velo una ideología uniformadora y brutal donde no hay absolutos en sí o para sí, el arte experimentó una especie de emancipación de sí mismo, sus templos quedaron vacíos y sus sacerdotes desnudos, al hilo aparece el experimento, la fuga, la sustracción del infinito y la fiesta, aparece un arte despojado de rituales y dogmas, que no tiene límites formales y cuya expresión escapa del encierro de las galerías y al puño estricto de los sabios y poderosos. Surge allí, en la sorpresa, en el hiato de tiempos convulsos un arte trasgresor que despierta de la pesadilla de las formas exquisitas y acaricia el abismo de lo posible y lo imposible, se trata de un arte que trepa los muros e invade las calles, que interviene , que atraviesa la línea imaginaria de obra y espectador confrontando e incorporando a este último que ya no tiene donde refugiarse. Esta emancipación es cultural, es hondamente política, destroza los santuarios y construye una nueva legalidad, una nueva forma de exploración de sus fronteras expresivas.

La obra de Daza salva el abismo del dilema filosófico, la supera con la majestuosa fuerza de sus colores y la sinuosidad de sus tonos y formas;  y sin embargo, y he aquí lo extraordinario, nos deposita en el centro de las preguntas filosóficas más agudas, especialmente la pregunta por una epistemología de la creatividad, allí donde las metodologías, los instrumentos de medición jamás podrán dar cuenta del origen misterioso de la inspiración, cuando la obra nos deja sin aliento y solo podemos trascender lo humano y pensar en la divinidad, allí donde todo fracasa, donde es insuficiente la justificación, es falaz la explicación y es incompleta la comprensión. En últimas, en la obra de Álvaro todo nos lleva a la pregunta por la divinidad, por aquel excedente que ninguna disciplina puede descifrar y que es su propia razón, su propio mundo abierto, en contacto con el nuestro. 

¿Quién quiere la austera y fría realidad cuando existe Daza?


1 comentario:

Anónimo dijo...

El problema entonces, frente a la critica principial, no esta en tratar de asumir la verdad absoluta y omnipotente, sino en saber que ella nos esta vedada...

Poder conmoverse por el color, porque el rojo hace sufrir y el amarillo recuerda el color del tigre, denota la misma capacidad del poeta francés agobiado por el mundo, cuando decía que somos capaces de contemplar la matanza general que nos rodea y la belleza de bach.

sjop