6/20/2011

Una Pregunta Elemental - Ricardo Sanín Restrepo [20 años de la constitución de 1991]

Ricardo Sanín Restrepo


La pregunta es sencilla ¿puede realmente una constitución inmersa en un intenso proyecto de globalización capitalista transformar una sociedad política nacional? Claramente la pregunta está dirigida a una generación que ha depositado toda su confianza en el derecho como herramienta primordial para lograr una auténtica justicia social, y que de hecho, tiene entre sus manos logros impresionantes para seguir confiando en él. Sin embargo, ¿son estos triunfos duraderos? ¿Puede una constitución alterar las gigantescas balanzas de poder mundial y los intereses que las determinan? ¿Cuál es la relación entre un capitalismo de casino, mundializado, desregulado, depredador y las luchas locales por la equidad social? Por ejemplo, y ya ésta pregunta es agónica ¿Puede la constitución pararse de frente ante el Consenso de Washington? ¿Ante un sistema jurídico a escala planetaria como el determinado desde la OMC y el Consejo de Seguridad de la ONU? Parece un fósforo prendido en una tormenta eléctrica. La sonrisa de un niño a punto de calcinarse en medio de las bombas inteligentes. Bombas de Wall Street, bombas atómicas, bombas de la colonialidad.



Estamos lidiando con dos discursos divergentes, de un lado un esfuerzo titánico y sincero para concretar las promesas envueltas en una constitución nacional, el intento de lograr mediante una combinación de estrategias de litigio y de activismo judicial y callejero los principios de igualdad y justicia social que encierra la constitución, todo dentro de un sistema definido de procesos, normas, y conjuros legales, pero este esfuerzo se estrella de frente con el mundo como campo minado, donde estos discursos ya fueron arrumados por unas prácticas contundentes y despiadadas, un sistema financiero inconmensurable que define lo jurídico como su apéndice pre-formativa, donde las grandes corporaciones deshacen el derecho nacional e internacional desbordados hacia la implantación total y sin concesiones de la libertad de mercado que implica una división del mundo entre una capa delgada, hedonista y superficial, al modo de las distopías de Huxley o Queaneu, los alpha resguardados en paraísos sellados, inmunes e indiferentes; adherida a ella una clase media parasitaria del deseo, la ilusión reconvertida que produce riqueza como masa atónita, que vota, que paga hipotecas, que discurre públicamente; y al final de todo nuestros hermano, una capa gruesa en el fondo, privada de todo, encerrada en un inmenso sweatshop, los desmembrados, los desterrados de la tierra, los sin nombre, la mayoría del mundo, los nómadas de la eternidad, el lugar innombrable y monstruoso de cuya miseria depende el triunfo del capitalismo.



En otras palabras ¿Qué oportunidades tiene una constitución, clásicamente liberal, con retazos de promesas de un mejor mundo, ante un universo de estas proporciones? ¿Puede la aplicación sedimentada y singular de derechos sociales ser un antídoto a una lógica hegemónica donde todo se compra, todo se vende? Un mundo, donde por ejemplo, el gobierno chino (las más grande corporación global) compra a Madagascar, ¡otro estado nación! para explotar sus riquezas biológicas. En fin, ¿Cuántas tutelas se necesitan para frenar el capitalismo? ¿Qué más oscurantismo que creer que la palabra (de la constitución) es el mensaje? Por supuesto el mensaje es que la lucha por la justicia social debe continuar, la pregunta es por la capacidad que posee un discurso constitucional nacional para lograrlo.
¿Esperamos?





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