2/21/2012

Aproximación al secreto encanto del neoconstitucionalismo.


Elementos para un dialogo entre Política Radical y Neoconstitucionalismo en América Latina. 

Daniel Florez Muñoz



“El terror del estado de naturaleza empuja a los individuos, llenos de miedo, a juntarse; su angustia llega al extremo; fulge de pronto la chispa de luz de la ratio y ante nosotros surge súbitamente el nuevo dios.”
— Carl Schmitt



Comenta el rabino Moses Maimonides en su “Guía de los Perplejos” (1963) cómo del Eterno no puede predicarse su positividad, ya que en nuestra condición de seres mortales y finitos sólo nos es posible llegar a los contornos del mismo a través de su negatividad, es decir, no podemos decir lo que “Dios es”, sólo podemos decir lo que “Dios no es”. Pero acaso: ¿No es éste procedimiento de “definición negativa” el mismo mecanismo retórico mediante el cual la idea de Igualdad y Libertad se realiza al interior de la historia? La pregunta se presenta como pertinente en la medida en que las conquistas o avances en la permanente lucha por la materialización de la igualdad y la libertad al interior de las comunidades políticas, puede ser entendida como el proceso mediante el cual los espacios y las realidades socialmente admitidas sin mayor polémica por las mayorías como “naturales” y “necesarias” son redefinidos y experimentados como situaciones de abierta exclusión y esclavitud por parte de sus propias víctimas (mujeres, inmigrantes, negros, etc.). Al interior de este proceso de redefinición de situaciones inicialmente admitidas por el tejido social y de lucha política como lucha por el significante, el constitucionalismo constituye una instancia que pretende garantizar “la prohibición de retorno” a situaciones o realidades ya conquistadas y pretendidamente superadas como realidades injustas. Éste puede ser visto en su propia eficacia como la “expresión viva” del índice de conquistas y victorias de las colectividades subalternas en procura de su emancipación.


En ese sentido, la dinámica o desarrollo del constitucionalismo responde a la lógica de la hegemonía expuesta por Antonio Gramsci (1971) y conceptualizada recientemente por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1987), en la medida en que el elemento catalizador del cambio siempre responde al retorno de una dimensión social originalmente excluida que vuelve únicamente a re-significar la totalidad constitucional y de esta forma excluye a su paso una dimensión social distinta. Por tal razón, el constitucionalismo, al igual que la democracia, no puede existir más que como objeto en permanente realización. El horizonte de conquistas por alcanzar se expande de forma proporcional a la búsqueda de las mismas, en virtud, que la garantía efectiva de los derechos de unos, siempre supondrá los límites de los derechos de otros, quienes en su momento emprenderán la siempre legítima lucha por ampliar el espectro de sus libertades. Por tal razón, el constitucionalismo hace énfasis en las maneras en que opera el poder para formar nuestra comprensión cotidiana de las relaciones políticas y para orquestar la manera en las que consentimos (reproducimos) esas relaciones sociales tácitas y disimuladas al interior del cual se asienta el poder (Foucault, 2007). El poder –en tanto objeto y efecto del constitucionalismo- no es estable ni estático, sino que es reconstruido en diversas coyunturas dentro de la vida cotidiana; constituye nuestra tenue comprensión de sentido común y está cómodamente instalado en el lugar de las aspiraciones y valores prevalecientes de una cultura (Häberle, 2002). Más aún, la transformación constitucional no ocurre simplemente por una concentración masiva a favor de una causa, sino precisamente a través de las formas en que las relaciones sociales cotidianas son re-articuladas abriendo nuevos marcos conceptuales provenientes de los resultados de algunas prácticas etiquetadas como anómalas o subversivas, en virtud que se encuentran agenciadas por quienes se proyectan a la totalidad social como los portadores de una exigencia concreta de reivindicación y de una memoria presa del sufrimiento de la injusticia.

Sin embargo, no todas las circunstancias incluidas al interior del texto constitucional son el efecto de las luchas de sectores subalternos que han logrado identificarse al interior de realidades victimizantes y han salido airosos de su denuncia, logrando redefinir –y por tanto ampliar- el espectro de garantías. Existe otro tipo de constitucionalismo asociado con los contextos propios de la periferia y semi-periferia del Sistema Mundo[2], que por razones de orden estructural es proclive a entenderse de forma independiente del sentido de las luchas sociales al interior del cual se desarrolla. Esta visión del constitucionalismo en determinados casos –como en Colombia– se encuentra asociado, más que con victorias obtenidas, con promesas por cumplir. La Constitución, en ese sentido, poco o nada tiene que ver con una conquista colectiva, la misma se asemeja más a una caritativa promesa de redención que marca el rumbo de las luchas sociales y pone los limites necesarios a la imaginación política; el texto constitucional más que la expresión positiva de las luchas sociales se constituye en una presunta poética del futuro en cuyo lenguaje recoge los parámetros que configurarán el mejor de los mundos posibles. Es entonces cuando se escucha decir el famoso argumento propio del constitucionalismo programático[3]: “Todo estará bien si logramos materializar la Constitución Política”.

La lucha por la fijación del sentido de los textos constitucionales es la lucha que finalmente determina su contenido real y especifico (García, 1993 ; Sanín, 2009). Circular alrededor del derecho constitucional, asediarlo, describir la contingencia del significado, su manipulación ideológica, es, de facto, la creación de una multiplicidad de constituciones; es reconocer la Carta Magna como uno de los lugares al interior del cual se fraguan las luchas políticas más importantes de la vida en comunidad.

Esta promesa constitucional viene determinada por los trasplantes de categorías constitucionales provenientes de los países del centro del sistema mundo, al interior de los cuales, en buena medida, las mismas responden a un nivel de desarrollo contestatario que posibilita las condiciones políticas que permiten elevar a jurídicas ese tipo de garantías. En el momento en que estas garantías son extraídas de su contexto de origen y son “trasplantadas” en contextos cuyo desarrollo político material, asociado con el nivel de organización de movimientos sociales y presupuestos democráticos (educación, salud, acceso a bienes públicos, etc.) se torna deficiente, dichas garantías jurídicas se transformarán en meras proclamas o promesas destinadas a servir como criterio de corrección política y especialmente de definición del único y posible porvenir de las luchas sociales. Dicho “porvenir” político impuesto de forma subrepticia en el momento de adopción de categorías constitucionales provenientes de contextos democráticos distintos, no se refiere a otra cosa que a lo que se refirió el Marx maduro en las primeras páginas de El Capital (1946), al afirmar que las naciones desarrolladas mostrarán el destino que deben seguir las menos desarrolladas. Presuponiendo un único camino posible y un solo final deseable, el camino y final trazado por la historia y el presente de un continente que hoy arde en llamas (Douzinas, 2011) En este orden de ideas, las dinámicas asociadas con el constitucionalismo global, al pretender pensarse a sí mismo como universal, reprimen las condiciones materiales concretas desde donde se proyecta a la totalidad, reclamando su universalidad desde la contingencia de su desarrollo histórico y condenando al resto del mundo a servir como reflejo malformado de su propia historia. Es esta la razón por la que considero que el neoconstitucionalismo debe preguntarse por las condiciones que han posibilitado su surgimiento y expansión. Esperemos, por tanto, que algunos de sus profetas puedan responder de manera suficiente por lo menos 3 inquietudes extrañamente no mencionadas al interior de los debates:

§  Neoconstitucionalismo y Colonialidad:
¿Qué rol juega al interior de las dinámicas de transplantes jurídicos el contexto del capitalismo cognitivo sobre el cual se desarrollan? ¿Qué lectura merece desde la perspectiva de la colonialidad del saber las influencias teóricas y normativas al interior del campo jurídico latinoaméricano?

§  Neoconstitucionalismo y clausura de lo político:
En el momento en que las luchas políticas son planteadas en términos jurídicos, se dan por sentados una serie de supuestos políticos infundados, al tiempo que se excluye a buena parte de la población que no goza de las elitistas competencias litúrgicas que regulan la actividad jurídica: ¿Por qué un modelo fundado presuntamente en la democracia desconfía de la deliberación pública al defender la aristocrática “deliberación judicial”? ¿Cómo es posible valorar la juridización de los conflictos políticos teniendo en cuenta la positividad y ahistoricidad propias del lenguaje jurídico?

§  Neoconstitucionalismo e imaginación política:
¿Qué razones existen para pensar que el modelo sugerido por los diseños neoconstitucionales configura el mejor de los mundos posibles? ¿Cuál es el problema de asumir a partir de movimientos sociales la tarea de repensar las categorías y presupuestos que sostienen la actividad política moderna, y de abrir el espectro político a modelos surgidos de las propias tradiciones e imaginación de los pueblos originarios?

La finalidad del presente texto no fue otra que abrir el debate entre el Neoconstitucionalismo y las formas alternativas de pensamiento político radical, considerando que el debate académico constituye un lugar o espacio privilegiado, donde se pueden evidenciar las agendas de trabajo, los puntos de convergencias y especialmente los contenidos que dan o deben dar forma a la democracia en América Latina, defendida por cada una de las posturas teóricas en juego.

La política radical asociada con algunos de los recientes y heterogéneos desarrollos teóricos del marxismo occidental –la teoría crítica, el pensamiento posmoderno y la crítica decolonial– conciben la solidificación de las formas y contenidos de la democracia al interior de formas jurídicas sugerida por algunos de los defensores del neoconstitucionalismo en América Latina, tales como: el retorno de algún tipo de mística de lo nunca todavía pensado; el misterio de lo inapresable, adjudicándose el rol de portadores de un cambio radical sin cambio al interior de las relaciones sociales fundadas en las jerarquías epistemológicas, sociales y económicas; el salto sin red de la decisión, que, por ser tomada por un conjunto selecto de juristas, no deja de ser una decisión producto en buena medida de perfiles ideológicos, muy a pesar del lenguaje jurídico con el que se le exprese; la retórica protofascista del destino, que traza y naturaliza el diseño foráneo del porvenir local; el sobrecogimiento ante lo inefable y la admisión de la actual realidad como la única de las realidades posibles. Por tal razón los neoconstitucionalistas sobrentendidos que a modo de guiño cómplice invitan al jurista a suponer y dar por cierto y absoluto precisamente aquello que la filosofía debería arriesgarse a decir para poder juzgar su verdad o falsedad; todo ello –diríamos con Adorno- se asemeja más a los mecanismos de reconocimiento de las sociedades secretas que al espíritu discursivo que ha de caracterizar al Derecho y la filosofía política. Allí donde el jurista no haya decidido de antemano abdicar de su función de (auto)clarificación crítico-reflexiva y se guarde aún de abrazar el siempre más digno -y, por cierto, mejor pagado - discurso edificante del Predicador o del Profeta, la primera tarea ha de ser la de establecer diques de contención a lo que Lukács, sin ser jurista y siguiendo a Hegel, pondría nombre y apellidos: el asalto a la razón.

El debate queda abierto, los argumentos saldrán a flote y veremos cuál es el compromiso de cada postura con los desarrollos políticos encaminados a construir un orden mucho más equitativo en Latinoamérica. Entre tanto, desde la política radical continuará la visión para la cual “los Sueños del Neoconstitucionalismo producen Monstruos[4].





Bibliografía.

Dussel, E. (1992) 1492: El encubrimiento del Otro. Hacia el origen del mito de la Modernidad, Madrid: Nueva Utopía.

Douzinas, C. (2011) “¿Ha muerto Europa? La política de la frontera”, Conferencia en el Museo de Artes de Barcelona.

Foucault, M. (2007) El Nacimiento de la Biopolítica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Economía.

García, M. (1993) “La Incidencia Social de la Constitución”, en: Revista de Derecho Público, No. 4. Bogotá: Universidad de los Andes.

Gramsci, A. (1971) El Materialismo histórico y la Filosofía de Benedetto Croce. Buenos Aires: Editorial Nueva Visión.

Häberle, P. (2002) La Constitución como Cultura. Bogotá: Universidad Externado de Colombia.

Laclau, E. y Chantal, M. (1987) Hegemonía y Estrategia Socialista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Maimonides, M. (1963) Guide To Perplex. Chicago: Chicago University Press

Marx, C. (1946) El Capital. México: Fondo de Cultura Económica.

Mignolo, W. (2000) Local Histories/Global Designs. Princeton: University of Princeton Press.

Sanín, R. (2009) Teoría Crítica Constitucional. Bogotá: Editorial Ibañez.



[1] Escritor cartagenero. Adscrito al programa de Derecho, Fundación Universitaria Unicolombo.
[2] En relación al concepto de sistema mundo y su relación con las jerarquías de conocimiento y modelos de colonización, ver: Mignolo, 2000; Dussel, 1992.
[3] Por constitucionalismo programático entendemos el modelo constitucional que niega la Fuerza Normativa de la Constitución y, sin embargo, reconoce en ella un Contenido Normativo (tanto derechos como principios ideológicos). Este modelo se encuentra asociado al constitucionalismo de los países socialistas antes de la caída del Muro de Berlín (1989), en los cuales operaban Constituciones densas en derechos y proclamas ideológicas pero que no contaban con los instrumentos jurídicos e institucionales para materializarlos. En ese orden de ideas, resultaba impensable que un juez invalidara determinado acto jurídico del Comité Central del Partido Comunista por contrariar el texto constitucional. Es un constitucionalismo eminentemente Programático y no un simple límite al poder político, en la medida en que sugería de forma expresa un modelo de sociedad ideal matizada por proclamas y declaraciones de contenido material. Evidentemente no es el caso del constitucionalismo actual en Colombia, donde la constitución cuenta con instrumentos y mecanismos como la Tutela, entre otras, destinadas a materializar las garantías constitucionales.
[4] Título de un escrito actualmente en preparación. 

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