3/15/2012

Macroproyectos de Vivienda: Bombardeo En Las Ciudades


Camilo Vallejo Giraldo 


English version (by Alex Higson) 
is published in  Critical Legal Thinking.


Buscábamos la única casa de la calle que quedaba en pie. De salto en salto esquivábamos tantos escombros, que llegué a imaginar que transitaba por uno de esos retratos que muestran los bombardeos de las guerras de Europa. Lo que más nos sorprendió mientras caminábamos, fue ver a tantos niños y jóvenes montados en lo que quedaba de las edificaciones. Notábamos que, entre varios, desprendían pedazos de techos de zinc, tejas de arcilla, puertas roídas ya por la intemperie y cualquier cosa de metal que encontraran: manijas de puertas, grifos y hasta las tapas de los desagües y las alcantarillas. Cuando les preguntábamos que qué era lo que hacían, algunos nos respondían que esas habían sido sus casas y las de sus vecinos, y que habían vuelto por todo aquello que pudieran desprender; querían venderlo y conseguir algo de dinero. Decían que no pensaban dejarle nada a las empresas constructoras, que si ya los habían sacado, se irían con todo aquello que pudiera tener algún valor. Entre ellos también había algunos oportunistas que nunca habían tenido que ver con la comuna; aprovechaban el abandono para también encontrar algo para vender, pero por el olor se percibía que otros habían aprovechado para otras cosas, tal vez para cagar y orinar entre los escombros, detrás de las lonas verdes con las que se intentaba encerrar y proteger los lotes arrasados.

Al fin llegamos. La casa era el último árbol en pie. Con terquedad se mantenía erguida, aunque ya había empezado a morir como mueren los árboles, perdiendo las fuerzas de adentro hacia fuera. Golpeamos la puerta y la señora Alicia nos abrió. De inmediato nos buscó unas sillas desportilladas para que nos sentáramos en lo que ya había empezado a dejar de ser una sala. Después de servir el tinto que tenía preparado, se sentó y dio inicio a su relato.

Decía que San José era una de las comunas más antiguas de Manizales, ubicada justo en lo que hoy es el centro de la ciudad. Vivían cerca de 28.000 personas. Algunas de las casas eran viejas, de principios del siglo XX, la época dorada de la ciudad. Eran grandes, construidas al modo típico de la cultura cafetera de la región. El “bahareque” —una mezcla entre ‘guadua’ (una madera propia del centro andino colombiano), estiércol de caballo y yeso— con el cual estaban construidas permitía espacios amplios. Ni en sus inicios fue del todo una comuna de ricos, pero sí había cierto privilegio de vivir allí. Sin embargo, con el paso del tiempo mucha gente se fue yendo cada vez más lejos del centro y la comuna comenzó a ser ocupada por otro tipo de personas, sobre todo por gente de menores recursos que generalmente llegaba de las poblaciones cercanas al norte de la ciudad.

De cincuenta años hacia acá la comuna creció. Los lotes empedrados se llenaron de nuevas casas más pequeñas, algunas de concreto, otras de madera, latas y hasta cartón, dependiendo de los recursos con los que contara la gente. Se extendió tanto que cada vez se fue yendo más hacia las laderas tan propias de la ciudad. En últimas se consolidó otra forma de vivir que se perpetuó hasta nuestros días. Proliferó un comercio más informal, talleres de reparación, ventas de repuestos de carros y electrodomésticos; también prostíbulos y “ollas” —expendios de drogas—. Los dueños de las casas más viejas y grandes, que en parte seguían siendo los mismos pero que ya no vivían allí, para ganar más con los arriendos las dividieron en dos o tres apartamentos y dejaron las partes bajas para locales comerciales. De esta forma cada casa grande comenzó a ser ocupada por dos o tres familias arrendatarias, bastante numerosas no por esa idea de que se tuvieran muchos hijos, sino porque los amplios núcleos familiares se determinaban por el número de personas que dependían de las cabezas de hogar. Así desde los abuelos hasta los nietos, pasando por tíos y esposos de los tíos, vivían en el mismo lugar. También en las casas más pequeñas y nuevas se veía lo mismo. No se podía olvidar, por otro lado, decía ella, que muchas de estas familias dependían de los locales comerciales que funcionaban en los bajos, bien porque se empleaban en ellos, o bien porque eran sus dueños o arrendatarios.

Pero vino el “desarrollo”, y ella esta palabra la pronunció con sarcasmo. Primero apareció el alcalde diciéndoles que el municipio les compraría las casas, que se haría un gran proyecto en beneficio de todos, con el cual podrían acceder a “viviendas dignas” —otra vez el sarcasmo—. Por radio y por periódico percibían que el gobierno decía que San José era el principal foco de criminalidad de la ciudad, que era resguardo de ladrones, consumidores de droga y de proxenetas de menores. Que también era una zona en alto riesgo por deslizamientos de tierra, debido al territorio empinado donde se habían construido las casas. El alcalde decía en cualquier lado, que con ayuda del gobierno nacional se emprendería un “macroproyecto de vivienda”, para ofrecer vivienda de mejores condiciones a las personas, para re-socializar las zona, atacar los problemas de delincuencia, solucionar problemas de movilidad y recuperar la economía de esta parte importante de la ciudad.

Los habitantes de la comuna se alcanzaron a organizar para protestar, pero fácilmente fueron invisibilizados por los medios y el gobierno; ella dijo que por ello algunos del barrio alcanzaron a ser asesinados, pero nunca se supo en qué pararon las investigaciones. Hoy la comuna ha comenzado a ser demolida, por partes. La casa de la señora Alicia está justo en el lugar por donde pasará la Avenida Colón, una vía que hace parte del proyecto, por la cual el gobierno, seguro no por coincidencia, ha decidido comenzar. La suya no la han tumbado dizque por un problema con la compensación que le deben dar. Ella siquiera es la dueña y seguro recibirá algo, aunque no sabe si eso le alcanzará para comprar uno de los apartamentos nuevos que harán. Muchas familias de por allí no son las dueñas de las casas y por eso no recibirán compensación; el gobierno le ha prometido una ayuda para que paguen arriendo en otro lugar. Alicia ha mandado a cuatro de sus cinco hijos a otros barrios de la ciudad para que se queden con familiares, y no tengan que aguantar el polvo del barrio derrumbado, ni la demolición de la única historia que conocieron. Ella espera en compañía de su hija. Ya le quitaron el servicio agua y la luz funciona con intermitencias; se pregunta a veces si eso es para presionarla a ella y a otros para que salgan cuanto antes.

Aunque el proyecto lleve en su nombre la idea de “vivienda”, las casas de gran parte de la comuna irán cayendo para dar paso a un centro comercial, a algo que han llamado un centro de rehabilitación de farmacodependencia, a centros de servicios de call center —no sólo la actividad de más auge en la ciudad sino el principal negocio personal del alcalde de entonces—. En algún momento también llegarán los edificios con los que se pretende dar 5.500 unidades de vivienda a través de apartamentos que, dicen, no superarán los 100 metros cuadrados.

Alicia se quejaba diciendo que todas las justificación del proyecto habrían obligado a intervenir toda la ciudad, al menos la mayoría de ella. Delincuencia y drogadicción hay en muchas más comunas, incluso en las de los más ricos; hay decenas de barrios con problemas más profundos, ¿no era el mismo alcalde quien había reconocido días antes que el 60% de la ciudad vivía en pobreza? ¿Entonces por qué San José? Tan sólo le endilgaron a la comuna lo peor de la sociedad, así como se construye los enemigos públicos que debe ser eliminados. Dice que San José podría no ser un territorio de plena paz, pero que al menos sólo hasta que llegaron las demoliciones tuve que construirle un cerramiento a su patio. Antes su patio permanecía abierto, sin cerca alguna, pues por allí era que compartía con sus vecinos comida, utensilios de aseo y uno que otros chisme del barrio. Dice que la comuna era de gente buena; la mayoría de gente era buena. Cree que los verdaderos peligros son lo que enfrentarán en los barrios más difíciles de la ciudad, a los que deberán irse a vivir como extraños.

Si la justificación era por el peligro de deslizamiento debido a las construcciones en zonas de ladera, tendrían que haberse fijado en la ciudad entera. ¿Qué decir cuando toda una ciudad ha sido construida en la cima de una montaña? En las épocas de invierno eran otras comunas las que más sufrían, incluso las de la gente de más plata. Decía que en San José era donde menos tierra se movía para construir, pues de acuerdo al tipo de casas que la gente más necesitada se hacía, se respetaban las condiciones del terreno, no había necesidad de afectarlo en grandes dimensiones, algo que no ocurría en otras zonas de la ciudad. ¿Por qué entonces San José? Ella tenía una respuesta: era la comuna que tenía el mayor terreno plano en pleno centro de la ciudad; era un gran botín para el constructor o el inversionista que se hiciera con él.



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Los “macroproyectos de vivienda”, en Colombia fueron una invención legal del gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Se pensaba que con ellos, de manera directa, el gobierno nacional podría desarrollar proyectos de “vivienda” en cualquier región del país, pasando por encima de las autonomías regionales. A pesar de ser Colombia un Estado unitario desde hace más de un siglo, la Constitución de 1991 había conquistado una descentralización administrativa para los municipios, por la cual, entre otras cosas, se permitía que éstos de manera autónoma e independiente determinaran la planeación de su territorio y los usos de su suelo. Los “macroproyectos de vivienda” eran una contrarreforma en este sentido; eran no sólo resurgimiento de la modernidad estatal más recalcitrante con la cual se cree que el centro, la “unión” nacional, sabe lo que le conviene a los territorios periféricos dominados; con la cual se cree que el centro es más preparado, más especializado, más técnico, más apolítico, para solucionar las disputas autonómicas de configuración del territorio que se dan en los diferentes municipios.

A lo largo de la historia en Colombia —incluso ya en la era republicana—, el tránsito del ímpetu de dominación se ha hecho de las ciudades al campo. La principal función de aquellas, desde la colonia española, era garantizar la conquista de territorios rurales, bien porque eran baldíos, o bien porque defendían estilos de vida autónomos. Desde la ciudad se proveía todo lo necesario para la “transustanciación violenta de lo local” —como lo enunciaría Žižek—, de lo rural, primero las armas y los víveres para los ejércitos, pero después las leyes para los jueces, abogados y propietarios que iban llegando. Así las ciudades han cumplido un rol esencial en la consolidación del proyecto nacional-estatal en Colombia: funcionar como satélites de la nación central dominante.

Ahora bien, el caso de los “macroproyectos de vivienda” en Colombia ha puesto de relieve otra vía que recorre la fuerza de dominación. Se trata de un tránsito intra-urbano, que si bien puede haber sido disimulado durante gran parte de la historia, queda en evidencia con mayor facilidad ahora que las ciudades crecen al recibir miles de desplazados del campo y de las poblaciones menores, debido al conflicto armado que se vive o debido a las economías globalizadas de escala que se sustentan con el abandono de las periferias y el robustecimiento de la industria urbana. En pocas palabras, las periferias le están devolviendo tantos años de agravios a las centralidades. Las ciudades están desbordadas, sobre todos las capitales, y el miedo se centra en que la fuerza que representan los desplazados que ingresan, ha comenzado a consolidarse como fuerza que rompe con la planeación de las mismas, es decir, con el proyecto de vida que viene defendiendo o pretenden defender.

Como se ve en el caso de Manizales, en su comuna San José —aunque en el país existen otros macroproyectos de vivienda en curso—, ya no se trata sólo de un centro queriendo anular la autonomía de una municipalidad periférica, sino que las autonomías al interior de la ciudad también son coartadas por una élite propia del mismo municipio que actúa en perfecta sincronía con el interés nacional. Una élite ligada al este deseo nacional-centralizador por medio de los partidos políticos y del poder público, o por medio de las sociedades de intereses financieros y de especulación inmobiliaria. Una élite que defiende desesperadamente el proyecto de una ciudad que poco a poco le han ido arrebatando, y de la cual ya no puede sacar los mismos provechos de dominación.

Los “macroproyectos de vivienda” han dibujado la hoja de ruta. Con ellos el gobierno nacional puede pasar por encima de las mecanismos de gestión de suelo que ha implementado el municipio en sus planes de ordenamiento autónomos, es decir que puede relajar las obligaciones y controles para los constructores y los especuladores de suelo urbano —que generalmente son empresarios de la misma ciudad y miembros de la élite que se describe¬—, facilitando que se construya vivienda de interés social pero al precio más alto permitido. Pero al tiempo, el gobierno local, bajo el mando de las élites municipales, para darle legitimidad al proyecto en la ciudad, por un lado sincroniza el discurso hablando de “vivienda digna”, de “re-socialización de zona deprimidas”, de “mitigación de riesgos” por vivienda construidas en territorio de ladera, mientras por el otro lado utilizan el derecho local para abrir las puertas y cambiar las normas, como los usos del suelo; así aminoran el impacto simbólico de la intervención del gobierno nacional.

Eso ocurrió en Manizales. En el año 2007, cuando ya empezaba a despuntar el interés del gobierno nacional de desarrollar el proyecto en la ciudad, el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) —la norma local de ordenamiento territorial— fue modificado. De la noche a la mañana, el concejo de la ciudad modificó dos aspectos de las normas de suelo que regían en San José: 1) se determinó que la zona bajo riesgo de deslizamiento era mayor, y 2) se amplió la densidad del uso comercial. Sin duda el primero reforzaba la idea de que se hacía por el bien y por la protección de los habitantes de la comuna, desconociendo que la zona de mayor relevancia para el proyecto era el sector plano de la misma. Lo segundo, por su parte, dejaba en evidencia el interés que ya se cernía sobre este territorio.

Más allá de los intereses velados del gobierno nacional y de las élites locales, el deseo de imperio de éstos y la reivindicación autonómica de la gente de la comuna se ha enfrentado en el concepto de “vivienda digna”. ¿Qué es vivienda digna? ¿Quién decide qué es vivienda digna? Es lo que se preguntó Alicia varias veces durante nuestra visita, cuando pudo dejar el sarcasmo a un lado. Parece que sólo es capaz de narrar su historia con preguntas: ¿Es digno que me encierren con mis cuatro hijos en un apartamento, cuando yo he disfrutado tantos años de una casa? ¿Un apartamento de menos de 100 metros cuadrados, cuando yo en mi casa he aprovechado más de 300? ¿Pensarán los rico que vivir digno es vivir como ellos? ¿Sin patio, sin solar, sin puerta hacia la calle? ¿Con una cocina diminuta? ¿En qué tipo de cocina tendré que hacer comida para cinco hijos? Y eso que por aquí hay familias que superan el número de diez personas, ¿en qué apartamento vivirán, en qué cocina harán de comer para todos?. Ahora bien, ¿qué harán con las familias que vivían de los locales comerciales? ¿Es que no ven que eso les daba algo de independencia económica? ¿Ahora qué? ¿A mendigarle puestos al gobierno? Alicia termina siempre reconociendo que a lo mejor si los hubieran oído, si se hubieran sentado a hablar con ellos cuando todo se planeó, habría sido posible algún acuerdo, algún punto medio. “La gente de por acá se deja hablar”, dice. Lo molesto, lo doloroso, es que todo se hizo como si no hubieran tenido voz. No les dejaron contar qué era para ellos vivir dignamente.

Ya era un anochecer desolado, con un frío que llegaba de cualquier lado, cuando salimos de su casa. Volví a pisar los escombros y de nuevo vinieron a la cabeza esas guerras europeas que en Colombia aprendimos a ver por fotos e imágenes de televisión. Mientras seguía adelante quise indagar por qué se repetía tanto esa idea; no fue difícil respondérmelo: Aunque creímos por mucho tiempo que en Colombia los escenarios de guerra eran solo la selva y los campos, hace rato que en las ciudades la gente debe soportar los bombardeos que les anulan el alma y les quita la vida aún estando vivos.


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Documental “Mi historia no se vende”, sobre la comuna San José (Manizales – Colombia). Realizado por estudiantes de Comunicación Social de la Universidad de Manizales. [Youtube

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