9/07/2012

La paz que pasa.


Santiago Sanmiguel Garcés
Publicado de en Hoja Blanca

Pasa, y lo creo, la paz pasa. Todo el mundo está hablando de lo mismo, pero es necesario que no tratemos al proceso de paz como un chisme del final del noticiero sino que debatamos con las cartas en la mesa hasta que la realidad de lo posible nos desborde.
Porque estamos acostumbrados a los significantes vacíos de todos los días. Para mí, el debate siempre está entre palabras indefinidas como Justicia, Derechos, Paz, Seguridad, Verdad… Amor. Palabras por las que vale la pena luchar para darles un significado (o muchos), o defender con los dientes lo que significan para nosotros. Y nos pasa, como la paz que pasa, que al definir algún concepto de estos, ambiguo por naturaleza, ya no entendemos el resto de los humanos por qué estarán pensando algo diferente.

Lo sorprendente es que desconfiemos del significado de “Paz” en un país donde los muertos han sido tantos, que se acumulan en cifras que les quitan su nombre y apellido, y en el que el gobierno nacional, que hace poco solo hablaba con plomo, está sentado a la mesa. Aunque a muchos no les guste, están sentados, y nos tienen a tantos hablando de lo que pasa con la Paz. La cuerda se tensa y cada quién hala para su lado.
Aunque quizás deba explicar mi carga ideológica, espero me disculpen. Porque crecí con recuerdos post-91 y dando por hecho que todo país cuenta con un grupo subversivo disparando desde el monte, o peor aún, que todo país existente tenía un monte. Acepté que todo era normal, desde la pinta anti-secuestro para viajar Bucaramanga–Santa Marta por la carretera que va junto al Magdalena-medio, hasta las “semanas por la paz” que organizaba mi colegio de espíritu jesuítico. ¿Por qué hablarle de minas-antipersona a niños que estudian en un colegio urbano con cancha de fútbol de cemento? Nunca lo entenderé, y pasa. La guerra me ha tocado desde la barrera, detrás de la TV y por ello, en parte, me considero afortunado. Aún así, la Paz fue un significante vacío más que conocí desde que he tenido consciencia; una ficción, ni siquiera un anhelo: un imposible.
Eso nos devuelve al debate que está mojando todas las portadas. Excesivo, dirán algunos. ¿para qué sentarse a negociar si no aceptan todas las condiciones que les imponemos? ¿acaso no saben que un Estado no cede nunca? Escépticos habrá siempre, usualmente soy uno de ellos; pero sigo especulando que vale la pena. Para destapar nuestras trabas ideológicas deberíamos cambiar estas preguntas a: ¿por qué no creer en un proceso de paz? o ¿por qué no apostarle a un País sin guerra?
Las respuestas a todas las preguntas sobre el tema se escupen con el cinismo y otras delicias de lo políticamente correcto. Pero mirando hacia el futuro, creo que las respuestas deben ser más a favor del bienestar (palabra también vacía) y no inclinarse a defender un ex presidente con tres huevos, o vivir pensando que otros deben seguir muriendo defendiendo una patria sorda que se niega a negociar.
El problema de lo que pasa es que nos desborda, y pasa, quizás es más que nosotros, y aún así nos pasa.
Yo creo en una mesa fue armada “bajo el principio que nada está acordado hasta que todo esté acordado”; y creo en este proceso de Paz porque el riesgo de fracasar es altísimo, y aún así creo, porque, de ser algo definitivo, de pronto mis hijos conozcan el monte por la fauna… bueno, a este paso, en unos años tampoco les va a quedar mucha fauna por conocer.

No hay comentarios: