12/12/2012

El Porvenir De Una Ilusión…


Un comentario en torno a la De-Formación Jurídica.

Daniel E. Florez Muñoz

El Derecho en tanto objeto cultural, se articula al interior de una realidad en permanente transformación. La cual lejos de establecer criterios unívocos de determinación de lo jurídico frente a lo no jurídico, cada día muestra sus propias fronteras disciplinares como banas ilusiones de algún sueño positivista de diferenciación absoluta entre campos de conocimientos o si se quiere entre parcelas de saberes. El derecho por lo tanto se muestra como un lenguaje que se articula necesariamente en una realidad mediada por intereses políticos, económicos y sociales, los cuales lejos de ser ajenos al mismo, constituyen la condición de posibilidad de su sentido y los límites concretos de su acción. 


Y en ese orden de ideas, la disciplina jurídica se hace deudora de la realidad de donde emerge como portadora de un cumulo de reclamos, exigencias y exclusiones que soportan el actual orden social. El Derecho no es y nunca ha sido a ajeno a la barbarie que históricamente ha ascendido como normalidad al interior de la historia política nacional, por el contrario al ser el saber relacionado con la justicia, ha posibilitado un uso obsceno de su propio lenguaje al orientarlo como ilusión de prosperidad y fantasma de porvenir frente a sectores poblacionales históricamente excluidos de la realidad social y por tanto silenciados en la realidad jurídica. El Derecho porta en su gramática el silencio de quienes no han muerto en silencio, pero también, el grito de la libertad que ha sido negada por el orden institucional del cual el mismo es el primer garante. El Derecho en el momento en que se aparta soberbiamente del resplandor de la justicia y marcha orgulloso como defensor de un orden institucional perverso, se convierte a sí mismo en las ruinas de una antigua tradición honorable, que vive siempre del fantasma de los ideales marchitos en las necesidades de los particulares quienes todavía miran con asombro y extrañeza la razón por la que la justicia se muestra con la mirada prohibida, con los ojos vendados ante las necesidades y el sufrimiento de quienes piden ante ella auxilio y reivindicación.

El derecho cuando queda reducido a un simple instrumento personal de asenso social hace manifiesto su propio reverso, convirtiéndose en el lenguaje de un poder soberano enloquecido, el cual, al venir alimentado por la avaricia y la indiferencia de quien se presume abogado, no puede más que servir como mordaza en la boca de los desposeídos, como maquina de producción y reproducción de jerarquía y exclusiones sociales. El derecho es el desconsuelo de un mundo administrado, de la impostura democrática, la Matrix que soporta un modelo económico arrogante y deshumanizador, un canto a la libertad armonizado por el crujir de las cadenas de quienes en sus manos tienen el poder verdadero e irrevocable de transformar para siempre las coordenadas mismas del orden institucional vigente. Estamos ante aquel cancerbero de los sueños siempre ideológicamente inducidos por las instituciones y medios de comunicación sobre aquel leviatán que su despertar traerá a su paso la justicia olvidada por el racional reino de la ley. Desde esta perspectiva, el derecho si bien constituye una expresión de una realidad abiertamente excluyente y segregadora, también conserva en su seno la proclama por la justicia y el sufrimiento de siglos de promesas rotas y sueños negados. Asistimos a una disciplina esencialmente dialéctica, que tienen en su interior un potencial emancipador de radical importancia, en virtud, que la misma ante la ineficacia de su promesa de justicia, alimenta a su paso el sentimiento de injusticia, el cual sirve de catalizador para procesos de politización y acción colectiva encaminados a la superación de un estado de cosas desde toda perspectiva injustificable.

La academia jurídica y en esto las facultades de derecho siempre han sido sus primeras aliadas, han excluidos sistemática e históricamente de sus solemnes muros a las subjetividades cuya sola existencia denuncia la falsedad de todo ideal democratizador y de toda promesa de inclusión e igualdad. La finalidad última de las facultades de derecho es la estandarización de mentes jóvenes a partir de la disciplina y el miedo a la nota, para la educación jurídica tradicional de lo que se trata es de concebir el derecho como un orden objetivo y neutral, pacifico y estable, perpetuo y divino. Donde existen siempre respuestas correctas, las cuales se esconden estratégicamente en los extensos y siempre irrelevantes tratados de comentaristas de comentaristas de comentaristas, quienes reproduciendo un modelo medieval de conocimiento pretenden justificar la verdad de sus postulados a partir de la falaz autoridad del docente, en el momento en el que autoridad y verdad se hacen uno, estamos ante un modelo de pensamiento abiertamente totalitario. El docente que dice la verdad, por ser el único portador de la misma, aquel que ve su función como el guardián del sacro mundo jurídico, es a ese docente al que conviene recordarle la naturaleza intrínsecamente hermenéutica del derecho y especialmente la forma en la que el silencio del emperador ha permitido en más de una ocasión que el derecho decida dar la espalda ante la barbarie y luego volver sobre la misma como si esta nunca hubiese existido. En este hecho conviene detenerse un poco porque si bien la academia jurídica aguarda un cómplice e inmoral silencio ante la barbarie sistemática perpetrada por la violencia en Colombia, y siguen escribiendo sus tratados preñados de hermosas elucubraciones teóricas que por segundos nos hacen pensar que vivimos en otro país, en otra realidad, e incluso en otro mundo. Lo cierto es que el hedor de la muerte, el llanto de los caídos y de los condenados de la tierra que siguen hoy condenados, haciende hasta lo más alto de los muros de la sagrada y hoy más que nunca idealizada justicia constitucional, para mostrar la hipocresía de un sistema que se atreve a seguir hablando de derecho a pesar de que el parlamento fue cooptado por mafias narco-paramilitares, a pesar de que estamos ante un estado genocida y segregador, a pesar del fracaso mismo de nuestro proyecto de nación, preferimos refugiarnos en los siempre más cómodos libros de derecho, los mismos que al leerlos –según la expresión de Kafka- nos generan la sensación de comer aserrín.

Estamos ante un derecho sin corazón, sin razón y sin porvenir. Ese derecho que se ha afianzado en la mente de los juristas del alma bella es el que se hace necesario extirpar de una vez por todas. Es hora de abrir la reflexión jurídica a los discursos excluidos, a la política, a la sociología, al psicoanálisis. Entender que el derecho procesal es más que derecho procesal, y sobre todo ver cómo al interior de la presunta formalidad del mismo se nos esconde la más rampante ideología. Mi llamado es a comprender la responsabilidad histórica del derecho ante una realidad que ha seguido un decurso histórico casi que sin polémica, los cordones de miseria, la territorialización inconclusa, el uso obsceno del derecho en las políticas públicas presuntamente redistributivas, que no sólo mofan de la pobreza y sino que a partir de placebos pretenden perpetuarla.

La cuestión no es preguntarnos cómo el sistema electoral puede incluir instancias más democráticas, de lo que se trata por el contrario es de comprender que el sistema electoral mismo soporta un modelo institucional orientado a la separar de forma tajante y sin control eficaz a los representantes del pueblo del siempre negado pero siempre citado poder constituyente primario. La cuestión no es preguntarnos cuando el derecho proferirá la ley que acabe con el hambre, sino por el contrario, comprender la forma en la que los diseños de las reglas de contratos y regulaciones bancarias son efectivamente las primeras responsables del hambre. La cuestión no es preguntarnos cuando se subirán las penas de los delitos para acabar con los mismos, sino la forma en la que el derecho penal rotula de forma arbitraria determinados sectores poblaciones atendiendo a criterios de mercado y profilaxis social, quedando las cárceles siempre, por más reformas que se hagan, colmadas selectivamente de negros y pobres. La mitología del derecho moderno en Colombia encuentra en el aula de clases su lugar natural, la instancia en la que se naturalizan a partir de la supresión de los ideales de justicia en la jóvenes mentes que buscando formación encuentran de-formación. Todos los docente le exigen a su estudiante que sea el mejor en su materia, reproduciendo el mito del abogado integral, ficción que soporta la política de histeria colectiva impartida por la curia docente en época de parcial, el mismo pretende ver la universidad como una fabrica, y el estudiante como un producto, se habla abiertamente de educación de calidad como si de la misma se pudiesen predicar ese tipo de adjetivos. Estamos ante la perversión generalizada y hecha norma de conducta, asistimos a un momento histórico en el cual la resistencia teórica es el primer mandamiento de quien pretenda ser un abogado. Entender las bases mitológicas que soportan la autoridad docente, quien a su vez reproduce acríticamente los celebres tratados foráneos como si los mismos fuesen los portadores de una verdad supraterrenal, son los profesores de derecho los primeros en domesticar las mentes que luego el mercado y la industria cultural se encargaran de empacar y sellar. Cuantos cursos de derecho indiano se dan en las universidades de éste país? Quien ha leído a los filósofos del derecho colombiano? En qué año se dictó la constitución de Cartagena?, es más hago una pregunta abierta al auditorio, levante la mano quien sepa cuál fue el primer territorio libre en América Latina?[1], Precisamente el problema central es que replicamos teorías, códigos y currículos de Alemania, España e Italia creyendo abnegadamente que así, que solo de esa forma, podremos algún día llegar a ser como ellos, se trata de un edipico sueño, de la falacia del desarrollismo que siempre supone la negación perpetua de nuestra propia identidad. Claramente de la historia ha mostrado suficientemente el fracaso permanente de cada uno de estos proyectos de colonialidad del saber, sin embargo, aún conscientes de las dificultades sociales y epistemológicas de los trasplantes dogmaticos y teóricos, no aplicamos en la recepción de las siempre renovadas modas teóricas ningún tipo de dique histórico o mediación social.

Esta realidad en el campo del derecho cobra una especial importancia en Colombia: Tenemos un derecho laboral de raíz mexicana, un constitucionalismo principalmente español pero con elementos norteamericanos, un derecho penal alemán, un procedimiento penal de puerto rico, un derecho civil chileno, un derecho administrativo francés; en fin, tenemos un crisol de improvisación que esperamos vanamente que funcione de forma coherente en la práctica y sistemática en la teoría, y que exigimos a los estudiantes que encuentren las relaciones que la irresponsabilidad y pereza tanto académica como política negó desde un comienzo. Señores, la idea que pretendo dejarles en esta breve intervención es la que sostiene que pensar el derecho en Colombia supone pensar en primer término en contra del mismo derecho. Mostrar la contingencia de sus sentidos y sobretodo la intencionalidad política de sus silencios. Mostrar su patológica ineficacia y por demás uso obsceno del mismo. El cinismo de la razón jurídica es el cinismo del profesor de derecho que pretende proyectar un saber ascético y puro, un saber libre de toda macula de pecado, un saber cuasi-divino que debe ser repetido ojala sin ser siquiera pensado.

Estoy convencido de que el abogado debe formarse en la literatura, en la filosofía y la política, en el psicoanálisis y en la economía, debe procurar encontrar un respiro de un disciplina que es vendida por sus presuntos guardianes como un saber que pretende al negar una realidad de necesidades y exclusiones, remplazarla impunemente por una armónica realidad donde nada sobre y donde quien no aparece es sencillamente porque no importa. El profesor de Derecho, en ese sentido, me recuerda aquel pasaje de Stendhal donde un hombre al descubrir flagrantemente la infidelidad de su mujer, le pide una explicación de la situación que tiene a ti sí, a lo que ella contesta de forma categórica, “que tan poco me amas que crees más a tus ojos que a mis palabras”. Ese es el espíritu que habla a través de cada profesor de derecho constitucional cuando –por ejemplo- afirma la existencia de una democracia en Colombia sin reír ante tan irreal planteamiento, cuando un profesor de derecho procesal afirma que en Colombia todos son iguales ante la ley, cuando un profesor derecho privado pretende afirmar que su saber no tienen nada que ver con política, ese es el cinismo de la razón jurídica, es el cinismo de pretender pensar el horizonte normativo de las formas jurídicas de forma radicalmente independiente de las condiciones materiales donde efectivamente las mismas se crean y se aplican.

Es la razón cínica la que niego y porque la niego estoy aquí ante ustedes mostrándoles un nuevo camino, un camino probablemente menos elogiado, menos lleno de sobresaltos y más lleno de trabajo, es el camino de la investigación jurídica crítica, la cual encuentra -a propósito del evento- a nivel de Consultorio Jurídico un lugar de especial trabajo, bajo lo que se ha dado en denominar Clínica Jurídica es posible iniciar un uso alternativo del derecho que permita voltear la jugada de quienes arrogantemente desde el poder pretenden hacer que sus intereses sean en últimos los intereses de la ley. Mi invitación es a que no crean nada que no haya sido constatado por ustedes mismos, a asumir la investigación como el primer mandamiento del estudiante, a asumir de forma categorial la responsabilidad que supone ser los principales agentes de su proceso formativo. Cuestionen a sus docentes, exíjanles y sobretodo critíquenlos siempre con argumentos y siempre con el férreo compromiso de hacer de este nuestro mundo un lugar donde un nuevo porvenir se abra paso y pueda realmente prosperar. Un mundo donde los sueños del derecho no generen monstruos, y sobretodo donde la democracia y la justicia sean más que simples proclamas de una retorica vacía, cuya imposibilidad es mostrada como natural por quienes se piensan a sí mismos como los eternos amos. Son ustedes la parte más importante de cualquier universidad, son ustedes los estudiantes, los portadores de la verdadera y única poética del futuro. Den rienda suelta a la imaginación política, den rienda suelta a la crítica jurídica y sumémonos entre todos en el compromiso con una sociedad que más que derecho clama por justicia.


¡Muchas gracias!


Intervención leída en el Encuentro de Estudiantes de Consultorios Jurídicos, Universidad del Sinú. 
Cartagena de Indias, 25 de octubre del 2012




[1] Revolución de Haití, de 1791 a 1804 que resultó con la promulgación de una Constitución y la abolición de la esclavitud. Fue liderada los cabecillas François Dominique Toussaint-Louverture y Jean-Jacques Dessalines quienes fueron llamados los “Jacobinos Negros” según el célebre relato de C.L.R. James.

1 comentario:

Thaira dijo...

Sus comentarios me fueron de gran utilidad, abrio mi mente a el aprender de un derecho no preescrito sino de un derecho y una ley por juntar y buscar.. Gracias!!